Hombres que Sepan Cuidar

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Hombres que Sepan Cuidar

Abiertamente he compartido que existe un antes y un después en mi labor como niñera.

Cuando recién iniciaba, mi primer instinto fue repetir la manera en que mis padres me habían educado: el mismo estándar, las mismas técnicas, las mismas expectativas. No sabía si esa forma de criar era universal o no. Simplemente la trataba como si lo fuera.

Hasta cierto punto, mi papel se parecía al de una hermana mayor. Yo era una extensión de ayuda. Acompañaba rutinas que otros habían establecido, seguía instrucciones, resolvía lo inmediato. Cuidaba, sí, pero dentro de una estructura que ya existía.

Con los años, los trabajos que llegaron empezaron a pedirme algo diferente.

Ya no se trataba solamente de ayudar como ayuda una tía, una hermana mayor o alguien cercano a la familia. El rol empezó a volverse más formal, más especializado y, sobre todo, más responsable.

Recuerdo claramente cuando pusieron a una bebé recién nacida en mis brazos y algo en mí hizo click.

No era el primer bebé que tenía a mi cargo. De hecho, era el quinto. Pero esta vez algo en el rol se sentía diferente.

Por primera vez sentí que la responsabilidad recaía completamente sobre mí.

Ya no era yo siguiendo rutinas.

Era yo implementándolas para los padres.

Tenía que observar cuándo dormía, cuánto comía, cómo respondía, qué funcionaba y qué no. Tenía que tomar decisiones, anticipar necesidades y después traducir todo eso en una estructura que la familia pudiera sostener.

Sin darme cuenta, había dejado de ser solamente una persona que ayudaba a cuidar niños.

Estaba aprendiendo a pensar profesionalmente sobre el cuidado.

Y eso cambió también la manera en que entendía mi responsabilidad.

Cuanto más profesional se volvía mi rol, más conocimiento esperaba de mí misma. Ya no me bastaba con repetir lo que había visto hacer o con asumir que algo era correcto simplemente porque siempre se había hecho así.

Por eso, cuando mi jefa anunció que esperaba un varón, mi cabeza se fue inmediatamente a un lugar muy concreto:

Espera. ¿Un varón?

Hasta ese momento, los niños varones que había cuidado pertenecían, de alguna manera, al “antes” de mi evolución como niñera.

Yo ya me sentía capaz de reconocer muchas de las habilidades que un niño necesita practicar para convertirse en un adulto capaz de sostenerse a sí mismo y también de sostener a otros.

Pero leer The Wonder of Boys me hizo hacerme una pregunta distinta:

¿Qué tipo de relación construimos las mujeres con los varones que cuidamos?

No porque crea que niños y niñas habitan mundos completamente diferentes. Tampoco porque piense que existe una receta especial para criar varones.

Lo que el libro hizo fue obligarme a mirar algunas cosas que ya estaban sucediendo frente a mí.

Y una vez que empecé a mirar, fue difícil dejar de hacerlo.

Cuando el cuidado no cambia de forma

Trabajé con una familia que amaba inmensamente a sus hijos. Eso nunca estuvo en duda.

Pero con el tiempo empecé a notar algo que entonces todavía no sabía nombrar:

la manera en que cuidaban de ellos no había evolucionado al mismo ritmo que los niños.

Cuando un hijo es pequeño, alguien carga prácticamente con toda su vida.

Preparamos la pañalera. Pensamos en el cambio de ropa, pañales, snacks, agua, medicamentos, juguetes, una cobija por si hace frío.

El niño no puede anticipar esas necesidades todavía, así que nosotros lo hacemos por él.

Eso es cuidado.

Pero años después, cuando los niños de esta familia tenían seis y ocho años, la lógica seguía siendo prácticamente la misma.

Era la mamá quien llevaba la logística de la familia. Lo especifico porque el papá estaba presente y tenía un rol importante dentro de su hogar, pero las instrucciones relacionadas con los niños llegaban de ella hacia mí.

“Prepara esto.”

“No olvides aquello.”

“Lleva esto para uno y esto para el otro.”

En los viajes al aeropuerto, además, la manera de cuidarlos consistía en procurar que ellos no cargaran prácticamente nada. Incluso movíamos a los niños dentro del aeropuerto en una carriola.

Recuerdo empezar a preguntarme:

Esto seguramente fue cuidado cuando tenían dos años. ¿Pero sigue siendo cuidado a los ocho?

Porque hay una edad en la que cargar la pañalera por un niño es parte de protegerlo.

Y hay otra en la que permitirle cargar su propia mochila empieza a ser parte de formarlo.

Lo que me inquietaba no era la carriola.

Ni siquiera era la mochila.

Era que no veía una transferencia progresiva de responsabilidad.

El adulto seguía sosteniendo cosas que, poco a poco, podrían haber empezado a pertenecerles a ellos.

Yo dejé ese trabajo y probablemente nunca sabré qué ocurrió después.

Pero hay una pregunta que todavía me acompaña:

cuando esos niños salgan de casa, ¿quién hará por ellos lo que nunca tuvieron que practicar hacer por sí mismos?

Primero prestamos nuestra capacidad. Después tenemos que devolverla

Y esa transferencia no sucede únicamente con las cosas que cargamos.

También sucede con nuestra voz.

Cuando un niño tiene dos años, es completamente apropiado funcionar casi como su sombra.

Otro niño le quita un juguete y le prestamos palabras:

“Dile que todavía lo estás usando.”

Y quizá nosotros mismos intervenimos:

“Él está jugando con eso. Cuando termine, te damos un turno.”

No estamos hablando por él porque queramos volverlo dependiente.

Estamos modelando algo que todavía no sabe hacer.

Pero el objetivo debería ser que, después de suficientes repeticiones, nuestra voz empiece a retirarse.

Primero lo hacemos por él.

Después lo hacemos con él.

Después esperamos y vemos si puede hacerlo.

Y eventualmente él debería ser capaz de decir:

“Todavía lo estoy usando.”

Por eso me pregunto qué sucede cuando continuamos ocupando ese lugar demasiado tiempo.

Si a los seis años todavía resolvemos cada conflicto, respondemos cada pregunta que le hacen, pedimos todo por él y explicamos constantemente lo que necesita, ¿cuándo ocurre la práctica?

Hoy es un juguete.

Mañana será preguntar dónde está el baño.

Después será pedir su comida en un restaurante.

Más adelante será hablar con un maestro, un entrenador, un jefe o una pareja.

El escenario cambia.

La capacidad que se practica es parecida:

puedo entrar en una interacción incómoda y hacerme cargo de mi parte.

Quizá una de las cosas más difíciles del cuidado sea precisamente ésta: reconocer cuándo aquello que antes era necesario empieza a ocupar el espacio donde debería empezar a aparecer una capacidad nueva.

El mismo amor que primero construye seguridad puede, si nunca cambia de forma, empezar a obstaculizar autonomía.

Pero poder hacer las cosas solo tampoco es suficiente

Trabajar actualmente con adolescentes me hizo notar otra cosa.

Ellos saben hacer muchas cosas.

Si les digo:

“¿Me ayudan a bajar las bolsas del carro?”

me ayudan.

Si les digo:

“Lleva tu plato al fregadero”,

lo llevan.

Si les asigno una tarea concreta, generalmente saben ejecutarla.

No estoy frente a adolescentes incapaces.

Pero empecé a notar que ejecutar una tarea y observar una necesidad son dos competencias diferentes.

Puedo llegar del supermercado con las manos llenas y, si no digo nada, no necesariamente surge:

“Déjame ayudarte.”

Pueden terminar de comer y llevar correctamente su plato al fregadero porque ésa es la instrucción que aprendieron.

Pero si el lavavajillas está limpio y listo para llenarse, puede no aparecer el paso siguiente:

“Ya que estoy aquí, puedo poner mi plato directamente adentro.”

Parece insignificante.

Pero a mí empezó a parecerme enorme.

Porque una cosa es saber cumplir una tarea.

Otra es entender que formas parte de un sistema y aprender a observar qué necesita ese sistema de ti.

Lo veo también con los quehaceres.

Pueden funcionar perfectamente bajo una lógica de intercambio:

“Si hago esto, ¿me llevas con mis amigos?”

“Si termino aquello, ¿puedo salir?”

“¿Qué tengo que hacer para que me des un ride?”

Pero si ese día no necesitan un favor, no quieren salir o no hay ningún privilegio inmediato en juego, la tarea puede perder importancia.

Y entonces empecé a preguntarme:

¿estamos enseñando responsabilidad o estamos enseñando negociación?

No creo que un chore chart sea necesariamente malo. Puede ser una herramienta útil para hacer visible una rutina, repartir trabajo y ayudar a los niños pequeños a recordar responsabilidades.

Mi pregunta aparece cuando ésa es toda la lógica que sostiene la contribución.

Porque en algún momento la vida deja de darte un sticker por participar.

Nadie debería tener que prometerte un premio para que notes que el bote de basura está lleno.

Nadie debería tener que negociarte un privilegio para que participes en la casa donde vives.

Y nadie debería tener que convertirse permanentemente en tu supervisor para que contribuyas a una relación.

De autonomía a interdependencia

Fue aquí donde empecé a entender que autonomía e interdependencia no son lo mismo.

La autonomía pregunta:

¿puedes hacerte cargo de ti?

La interdependencia agrega otra pregunta:

¿puedes hacerte cargo de ti sin dejar de darte cuenta de que vives con otros?

Puedo preparar mi desayuno.

Pero también puedo notar que alguien está preparando desayuno para cinco personas y preguntarme si puedo ayudar.

Puedo lavar mi plato.

Pero también puedo notar que el lavavajillas está listo para llenarse.

Puedo llevar mi mochila.

Pero también puedo ver que alguien está entrando a casa cargado con ocho bolsas y levantarme sin que me lo pidan.

Eso ya no es obediencia.

Es awareness.

Es reciprocidad.

Es pertenencia.

Y fue precisamente aquí donde empecé a mirar nuevamente a los varones.

No porque crea que las niñas nacen sabiendo cuidar y los niños nacen sin esa capacidad.

Sino porque empecé a preguntarme si les damos prácticas sociales diferentes.

¿A las niñas les pedimos antes que miren alrededor?

¿Que ayuden?

¿Que estén pendientes?

¿Que consideren cómo se siente alguien?

¿Que cuiden a un hermano?

¿Mientras que con los niños somos más propensos a darles instrucciones concretas?

“Recoge tus cosas.”

“Haz tu tarea.”

“Lleva tu plato.”

“Saca la basura.”

Todas son responsabilidades legítimas.

Pero hay una diferencia pequeña entre:

“hazte cargo de lo tuyo”

y

“mira qué necesita el grupo del que formas parte”.

Un adulto necesita saber hacer ambas cosas.

Y quizá por eso hay algo de la conversación sobre independencia masculina que empezó a incomodarme.

Porque no quiero criar —ni ayudar a criar— niños que crean que ser hombres significa no necesitar nunca a nadie.

Sabemos que ciertas normas tradicionales de masculinidad basadas en autosuficiencia extrema, estoicismo emocional y resistencia a mostrar vulnerabilidad pueden dificultar que algunos hombres busquen apoyo y construyan conexiones profundas. PubMed Central (PMC)

Y las consecuencias merecen nuestra atención. En Estados Unidos, la tasa de suicidio de los hombres en 2024 fue casi cuatro veces la de las mujeres. Eso, por supuesto, no puede atribuirse a una sola causa ni mucho menos a decisiones específicas de crianza. Pero sí debería hacernos tomar en serio las preguntas sobre cómo enseñamos a los varones a relacionarse con la necesidad, la vulnerabilidad, el apoyo y la conexión. CDC

Entonces aparece una paradoja que me parece enorme.

Por un lado podemos hacer demasiadas cosas por nuestros hijos.

Recordar.

Organizar.

Anticipar.

Resolver.

Hablar.

Preparar.

Protegerlos de la frustración.

Y después, conforme crecen, podemos empezar a mandarles el mensaje contrario:

Resuélvelo.

Sé fuerte.

No dependas de nadie.

Aguanta.

¿Cómo pasamos de una cosa a la otra?

Quizá ésa no debería ser la meta.

No quiero criar a un hombre que no necesite a nadie

Quiero algo distinto.

Quiero que un niño pueda llegar a decir:

Puedo sostenerme.

Pero también:

puedo pedir ayuda.

Puedo recibir cuidado sin esperar que otra persona administre mi vida.

Puedo atravesar incomodidad sin necesitar que alguien la elimine inmediatamente.

Puedo notar cuando otra persona necesita algo.

Puedo hacerme responsable de mi parte.

Puedo cuidar.

Eso es interdependencia.

Y entonces empecé a escuchar de otra manera una frase que aparece con demasiada frecuencia en conversaciones entre mujeres adultas:

“Siento que mi pareja es otro hijo.”

No creo que exista una línea recta entre una mamá que recoge una mochila y un hombre adulto que no participa en su matrimonio.

Eso sería absurdo.

El desarrollo humano es muchísimo más complejo.

Tampoco creo que éste sea un problema que pertenezca exclusivamente a las madres. Un padre puede sobreproteger, anticipar, resolver y evitarles incomodidad a sus hijos exactamente igual.

La pregunta importante no es si lo hizo mamá o papá.

La pregunta es:

¿alguna vez hubo una transferencia?

¿Quién empezó a recordar?

¿Quién empezó a anticipar?

¿Quién empezó a observar?

¿Quién empezó a asumir consecuencias?

¿Quién empezó a cargar su propia mochila?

¿Quién empezó a ofrecer ayuda sin que se la pidieran?

Porque si esa transferencia nunca ocurre, eventualmente alguien más puede terminar ocupando ese puesto.

Y muchas veces, en una relación heterosexual, esa persona termina siendo una mujer.

Entonces aparece:

“Dime qué quieres que haga.”

Y a primera vista parece una frase completamente colaborativa.

Pero a veces esconde otra pregunta:

¿quién sigue teniendo que observar, identificar, planear y delegar?

Un hombre puede saber perfectamente lavar ropa, cocinar y limpiar y todavía depender de otra persona para administrar la arquitectura de su vida compartida.

Por eso este tema ya no me parece solamente una conversación sobre chores.

Es una conversación sobre relaciones.

El cuidado tiene que cambiar de dirección

Quizá la manera más sencilla que encontré para entenderlo es ésta:

primero los cuidamos.

Después les enseñamos a cuidarse.

Y eventualmente necesitan aprender también a cuidar.

El cuidado no debería desaparecer.

Debería cambiar de dirección.

Cuando son pequeños, casi todo fluye hacia ellos.

Tiempo.

Atención.

Comida.

Protección.

Organización.

Consuelo.

Eso es exactamente lo que necesitan.

Pero conforme crecen, algo empieza a cambiar.

Primero cargamos la mochila.

Después la cargamos juntos.

Después ellos cargan la suya.

Y algún día quizá son ellos quienes ven que alguien más está cargando demasiado y dicen:

“Dame una.”

Eso, para mí, es crecer.

No dejar de necesitar a otros.

No demostrar que puedo hacerlo absolutamente todo solo.

Sino poder participar en una relación donde el cuidado puede viajar en ambas direcciones.

Por eso, después de años cuidando niños, la pregunta que me hago frente a los varones ya no es solamente:

¿serán capaces de sostenerse solos?

También me pregunto:

¿estamos dándoles suficientes oportunidades para aprender a sostener a otros?

Porque quienes acompañamos a los niños durante su infancia no determinamos qué adultos serán.

Sería demasiado arrogante pensar que tenemos ese poder.

Pero sí tenemos algo grande en nuestras manos:

miles de pequeños momentos en los que podemos decidir si resolvemos o enseñamos, si anticipamos o esperamos, si damos una instrucción o les permitimos observar, si evitamos una incomodidad o permanecemos cerca mientras aprenden a atravesarla.

Quizá criar a un hijo varón no consiste en prepararlo para que algún día ya no necesite a nadie.

Quizá consiste en transformar gradualmente nuestra manera de cuidarlo para que aprenda algo mucho más difícil:

puedo sostenerme, puedo dejarme cuidar y también puedo cuidar de ti.

Y quizás ahí empieza la interdependencia.

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