¿Elegimos realmente o solo cambiamos de jaula?
Nos dijeron que ahora somos libres.
Que podemos elegir.
Trabajar o quedarnos.
Proveer o cuidar.
Ser todo, al mismo tiempo.
Pero hay días (y cada vez más) en los que me pregunto si esa libertad es real o si solo aprendimos a habitar una jaula distinta, más brillante, más moderna, más cansada. 🤔
Porque elegir implica espacio.
Y vivir agotadas no se siente como una elección.
La libertad que no descansa
Crecimos escuchando que la salvación estaba en el trabajo.
En ganar lo propio.
En no depender.
Y entiendo por qué. Durante mucho tiempo, depender fue peligroso.
Trabajar fue una puerta abierta.
Pero ¿qué pasa cuando esa puerta se convierte en un pasillo interminable?
¿Qué pasa cuando trabajar deja de ser deseo y se vuelve requisito para existir?
Nos prometieron independencia,
pero pocas veces hablamos del cansancio que vino con ella.
De las horas robadas a la mesa, al cuerpo, al silencio.
De la vida que se pospone.
Cuando el cuidado tenía nombre y salario
Hubo un tiempo en el que hice exactamente lo que haría quedándome en casa:
cocinar, ir al mandado, lavar ropa, cuidar bebés, sostener rutinas, anticipar lo que nadie ve.
Y por eso me pagaban.
No era amor.
No era ayuda.
Era trabajo.
$1,000 dólares a la semana por sostener una casa que no era mía.
Por eso hoy, cuando pienso en mi futuro en hacer ese mismo trabajo dentro de una relación, no puedo evitar preguntarme en cómo se diluye:
El salario desaparece,
los límites se confunden,
y el trabajo deja de llamarse trabajo.
El amor que borra
Decimos que el amor no se mide en dinero.
Y es cierto.
Pero tampoco debería medirse en agotamiento.
Cuando el cuidado no tiene forma, ni estructura, ni respaldo,
la persona que cuida empieza a borrarse.
Se borran los descansos.
Se borra el dinero propio.
Se borra el tiempo.
Se borra, poco a poco, una misma.
Y entonces aparece la culpa:
por querer algo distinto,
por estar cansada,
por dudar de una vida que “debería” sentirse suficiente.
¿Elegir o adaptarse?
No escribo esto para decir que todas deberíamos quedarnos en casa.
Ni para romantizar el pasado.
Escribo porque empiezo a sospechar que muchas NO estamos eligiendo: estamos sobreviviendo.
Trabajamos fuera.
Cuidamos dentro.
Y sostenemos la idea de que así debe ser.
Pero una vida donde nadie tiene tiempo de cuidar no es una vida libre.
Es una vida sostenida a pulso.
Una pregunta abierta
Tal vez la pregunta no sea
¿trabajar o quedarse?
Tal vez sea:
¿Qué valoramos?
¿Qué protegemos?
¿Qué trabajos sostienen el mundo y cuáles reciben nombre?
¿Y qué pasaría si el cuidado dejara de ser un acto invisible y empezara a ser reconocido como lo que es: una forma de sostener la vida?
Quizá no cambiamos una esclavitud por libertad.
Quizá solo aprendimos a cansarnos de otra manera.
Y tal vez, nombrarlo, sea el primer gesto de libertad que todavía nos queda.