El desafío de integrar la crianza en la vida moderna.

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El desafío de integrar la crianza en la vida moderna.

Después de más de diez años trabajando con niños, he visto familias de todo tipo.

He trabajado tiempo completo con padres que ven a sus hijos pocas horas al día y aun así sostienen profundamente la formación emocional y humana de sus hijos. Y también he trabajado medio tiempo con familias donde los niños, sin mala intención, terminan sintiéndose casi como logística:

Y creo que eso me ha hecho pensar muchísimo sobre cómo vivimos la crianza en el mundo moderno, porque terminamos organizándola principalmente alrededor de:

  • sobrevivencia,
  • logística,
  • actividades,
  • entretenimiento,
  • y evitar el caos.

Y honestamente, entiendo por qué pasa.

La vida moderna se siente pesadísima.

Trabajo, casa, pendientes, comida, y horarios. Muchas veces los adultos llegamos al final del día sin energía ni para pensar. Y cuando por fin vemos a nuestros hijos, lo único que queremos es que el rato juntos sea bonito.

Entonces esto hace que poco a poco empecemos a organizar la vida familiar alrededor de optimizar tiempo y evitar fricción a toda costa.

Porque cuando por fin vemos a nuestros hijos después del trabajo, la escuela, el tráfico, pendientes y cansancio mental, el deseo muchas veces es:

ahora sí, disfrutar.

Queremos:

  • jugar,
  • salir,
  • ir por nieve,
  • ver una película tranquilos,
  • llevarlos al parque,
  • tener tiempo de calidad,
  • y sentir conexión sin que todo se convierta en caos.

Y honestamente, entiendo profundamente ese deseo.

Pero quizá por eso me genera tanto conflicto una idea que escucho mucho:

“Si alguien limpiara, cocinara y organizara todo por mí, entonces podría disfrutar más a mis hijos.”

Porque la maternidad moderna realmente puede sentirse abrumadora.

Y es que realmente creo que el problema NO es querer ayuda.
El problema, que yo veo, es que poco a poco empezamos a imaginar la relación con nuestros hijos separada de la vida cotidiana misma.

Como si criar ocurriera principalmente en momentos bonitos y experiencias especiales.

Mientras que:

  • las transiciones,
  • los límites,
  • el aburrimiento,
  • la frustración,
  • las rutinas,
  • la convivencia,
  • la limpieza,
  • la participación familiar,
  • y los momentos incómodos

se convierten solamente en obstáculos que hay que resolver rápido para poder “disfrutar”.

Y después de tantos años observando familias, cada vez pienso más que gran parte de la formación humana ocurre precisamente ahí. No solamente en el momento divertido,

Sino en:

  • cómo convivimos cuando estamos cansados,
  • cómo atravesamos frustración,
  • cómo resolvemos conflictos,
  • cómo participamos en la vida familiar,
  • y cómo se siente vivir juntos en lo cotidiano.

Veo papás intentando evitar:

  • berrinches,
  • transiciones difíciles,
  • luchas de poder,
  • aburrimiento,
  • frustración,
  • o cualquier cosa que convierta el día en más caos.

Y muchas veces, sin mala intención, empezamos a pensar:

“Eso lo aprenderá en la escuela.”
“En la guardería le enseñan.”
“Ya cuando crezca entenderá.”
“La maestra lo está trabajando.”
“Ahí aprenderá a compartir.”
“Ahí aprenderá rutinas.”

Y claro, las escuelas, guarderías, abuelos o cuidadores podemos ayudar muchísimo. Pero después de tantos años observando niños y familias, hay algo que cada vez pienso más:

La formación humana no ocurre solamente en espacios educativos.

Ocurre mientras vivimos juntos.

Los niños están aprendiendo constantemente:

  • cómo manejar frustración,
  • cómo convivir,
  • cómo esperar,
  • cómo resolver conflictos,
  • cómo reaccionar cuando algo no sale como quieren,
  • cómo participar en la vida familiar,
  • cómo tratar a otros,
  • y cómo se siente vivir dentro de una familia.

Y gran parte de eso ocurre precisamente en los momentos que más queremos resolver rápido.

En:

  • apagar el iPad,
  • subir al carro,
  • guardar juguetes,
  • esperar comida,
  • acompañar un berrinche,
  • tolerar aburrimiento,
  • recoger lo que usamos,
  • hacer una transición,

Gran parte de la formación humana ocurre en la repetición de lo cotidiano.

Y creo que ahí es donde la vida moderna entra en conflicto con la crianza.

Porque vivimos en una cultura que valora muchísimo la productividad, la independencia, la eficiencia y la comodidad inmediata. Entonces naturalmente queremos optimizar la vida familiar también. Queremos menos conflictos, menos caos. Pero es que los niños no aprenden habilidades humanas importantes únicamente en momentos cómodos. Ellos aprenden paciencia esperando, responsabilidad participando, regulación atravesando frustración, empatía conviviendo, y tolerancia emocional viviendo límites reales.

Y no digo esto desde perfección.
Ni desde la idea de que los padres deban hacerlo todo solos.

De hecho, creo profundamente en las redes de apoyo:

  • guarderías,
  • escuelas,
  • abuelos,
  • niñeras,
  • comunidad.

La crianza nunca estuvo diseñada para sostenerse completamente sola.

Pero sí creo que, cuando el cuidado comienza a compartirse, aparece una pregunta importante:

¿Qué partes de la formación humana de nuestros hijos hay que seguir sosteniendo conscientemente como padres?

Hace poco escuché una idea que se me quedó grabada:

la maternidad debería entenderse más como entendemos la adolescencia.

No porque “termine”, sino porque existe una etapa intensiva de transformación.

La adolescencia reorganiza nuestra identidad, emociones, relaciones, prioridades y percepción del mundo. Y es que honestamente, creo que la maternidad temprana hace algo parecido.

No significa dejar de ser persona. Tampoco significa que la maternidad absorba la identidad para siempre. Pero sí implica atravesar una etapa donde la vida cambia profundamente.

Y quizá parte del conflicto moderno aparece porque seguimos intentando sostener exactamente la misma vida, la misma productividad, el mismo ritmo, la misma independiencia,la misma eficiencia y sobre todo la misma identidad intacta. Y todo esto mientras atravesamos una experiencia humana que inevitablemente transforma.

Tal vez por eso tantas madres sienten culpa cuando necesitan ayuda.
O frustración cuando sienten que la crianza las consume.
O desconexión cuando la vida familiar termina organizada solamente alrededor de sobrevivencia y logística.

Pero quizá el verdadero desafío no es elegir entre:

Desaparecer dentro de la maternidad, o escapar constantemente de ella.

Quizá el verdadero desafío es aprender a integrar la maternidad dentro de una vida moderna… sin delegar completamente la formación humana que ocurre precisamente en lo cotidiano.