"No te Dejes" No siempre protege
Lo que el bullying no está diciendo y no queremos escuchar
Hace unos días escuché un fragmento de un podcast donde varias mamás hablaban de si alguna vez le habían dicho a sus hijos la frase: “Si te pegan, pégales.” Todas asintieron.
Y es que, ¿cómo no hacerlo? Qué impotencia tan grande la de un padre al imaginar a su hijo siendo lastimado cuando uno no está ahí para interponerse, para cubrir, para proteger.
Escuchándolas, me quedé pensando: ¿qué haría yo?
Entonces me fui hacia atrás, a mi propia experiencia. Pensé en las veces que, cuidando toddlers, algún niño le jaló el cabello a la niña que yo cuidaba. Recuerdo una situación en particular: la mamá del niño intervino diciéndole que no jalara el cabello, y yo me acerqué a la niña para decirle que levantara su mano —con señal de alto— y dijera “no”. No para que se defendiera, sino para darle herramientas de no consentimiento. Para que su cuerpo aprendiera que podía marcar un límite.
Después vinieron a mi mente escenas muy conocidas para cualquiera que viva con niños: hermanitos acusándose sin parar.
—“Él me pegó.”
—“Ella empezó.”
—“Yo no hice nada.”
Piden que intervengas, y cuando lo haces, la pelea se multiplica. Si no lo haces, también. Guerras pequeñas, interminables.
Entonces apareció la pregunta clave: ¿qué tienen en común todas estas situaciones?
Las herramientas que les damos… y la conexión desde la que los escuchamos.
En el libro Siblings Without Rivalry hay un capítulo entero dedicado a cómo intervenir en las peleas entre hermanos. El planteamiento es claro: los niños necesitan espacio —y herramientas— para resolver sus conflictos por sí mismos. Pero también necesitan, y merecen, intervención adulta cuando hay riesgo de daño físico o emocional.
Y ahí fue donde el tema cambió de escala.
Porque una cosa es una pelea entre hermanos, dentro de un vínculo que se repara. Y otra muy distinta es el bullying, cuando el conflicto ocurre entre nuestro hijo y un niño que no forma parte de nuestra familia, de nuestro círculo íntimo.
Entonces… ¿qué hacemos ahí? ¿cómo intervenimos? ¿qué sostenemos?
Esta pregunta me llevó directo al libro Hold On to Your Kids. Y ahí encontré algo que lo reordenó todo:
Si queremos entender cómo acompañar tanto al niño que agrede como al niño que es agredido, lo primero que necesitamos comprender es que el bullying no es un problema de carácter ni de disciplina. Es, sobre todo, una ruptura en las dinámicas de apego.
El origen compartido: el vacío de apego
El bullying no surge porque los niños sean “crueles por naturaleza”. Existe una jerarquía natural: los adultos cuidan y los niños dependen de nosotros. El bullying surge cuando los niños dejan de orientarse emocionalmente hacia los adultos y comienzan a orientarse hacia otros niños (a lo que en este texto llamaremos pares), aquí es donde se crea una estructura antinatural: niños cuidando niños.
En ese vacío aparecen dos roles que se alimentan mutuamente:
- El bully, que busca dominar para no sentirse vulnerable.
- La víctima, que queda atrapada en una posición de sumisión frente a alguien que no puede cuidarla.
Ambos, aunque de maneras opuestas, están intentando resolver la misma carencia: la falta de un apego sólido hacia un adulto.
El niño que agrede no es fuerte: domina para no sentir
El niño que agrede da la apariencia de ser un niño fuerte, pero no lo es. Es un niño que aprendió que sentir duele demasiado.
Cuando en su entorno y experiencia no existe un adulto que lo sostenga emocionalmente, es ahí donde algunos niños desarrollan una coraza que se ve así:
- no mostrar miedo,
- no mostrar tristeza,
- no necesitar a nadie.
Desde ahí, dominar se vuelve para ellos una forma de protección y no para cuidar al otro, sino para no tocar su propia herida. Esta es la razón por la que castigar, sermonear o humillar rara vez funciona y por ende ni la escuela puede con ellos. El problema no es que ellos no sepan qué está bien o mal lo que hacen, sino que ya no pueden permitirse sentir.
El niño que recibe… tampoco es débil
Otro malentendido es creer que las víctimas de bullying son niños débiles. Muchas veces son niños que aún sienten, que todavía espera pertenecer. Y aquí el problema no es que sientan demasiado. El problema es que ese sentir no siempre encuentra brazos adultos donde caer.
Por eso cuando esta vulnerabilidad no es sostenida en casa, queda expuesta afuera. Y en el mundo de los pares, la vulnerabilidad no siempre despierta cuidado. A veces despierta ataque.
Cuando la vulnerabilidad queda expuesta
Y entonces viene la pregunta que más duele: ¿por qué mi hijo?
Un niño no “se deja” cuando es acosado. Un niño no sabe a dónde ir con su dolor y cuando la única orientación emocional disponible son sus pares, el niño hará lo que sea para no perderlo: callar, aguantar, adaptarse, desaparecer un poco.
¿Qué podemos hacer los adultos?
Yo creo que la pregunta no es ¿cómo le enseño a defenderse? sino ¿cómo me aseguro de que no esté solo cuando algo lo hiere?
No se trata de que prepararemos al niño para aguantar más. Ni tampoco se trata de enseñarle a endurecerse. Ni de entrenarlo para responder con violencia.
La verdadera protección está en otro lugar. Un niño que puede llorar con un adulto, que puede decir “esto me dolió” sin sentirse exagerado,
que sabe que alguien lo va a escuchar sin apurarlo…
…no queda a la deriva aunque el mundo sea áspero.
Muchos de los casos más graves de bullying no se dieron porque los niños no tenían padres amorosos, sino porque dejaron de apoyarse emocionalmente en ellos. Tenemos que saber que las lágrimas no son el riesgo, el silencio si lo es.
Tal vez el antídoto no es la dureza
Pienso que el verdadero trabajo no es enseñarles qué hacer cuando alguien los lastima, sino asegurarnos de que nunca tengan que cargar solos con eso.
Un niño que se siente sostenido por nosotros los adultos no necesita endurecerse para sobrevivir. Y cuando no hace falta endurecerse, ni dominar ni someterse se vuelve necesario.
Eso —más que la frase "si te pegan, pégales"— es lo que realmente protege.